20 años – Relato Álvaro Osorio Sierra

Álvaro Osorio Sierra*

Ha transcurrido mucho tiempo desde que tomé una decisión que sería definitiva para mi vida y que permitió dar inicio a la formación académica como abogado, en el mismo año que nuestro Código Nacional de Recursos Naturales Renovables y de Protección del Medio Ambiente inició su vigencia, norma que a pesar de su importancia y reconocimiento universal solamente pude conocer a fondo después de muchos años de ejercicio profesional, pues el estudio y defensa del entorno en aquellas épocas ya lejanas resultaban casi que extrañas a la práctica jurídica.

Una vez obtenido el título profesional y después de transitar tantas veces por los fríos corredores de juzgados, tribunales y oficinas públicas; de discutir con colegas las novedades del derecho laboral, las nuevas normas administrativas y las  centenarias disposiciones del Código Civil, recibí un llamado de quien ejercía la jefatura jurídica de la empresa en la que he laborado por más de 30 años, para informarme, sin protocolo alguno, que había sido trasladado de dependencia, y me correspondería, en la nueva gestión, atender los asuntos referidos a la propiedad inmobiliaria y  un tema “novedoso” que había sido nominado como “Derecho del Medio Ambiente”.

Todavía recuerdo la indignación que me produjo la noticia. Se me obligaba a abandonar mi mayor fortaleza profesional en el derecho, producto de años de trabajo, para sumergirme en las angustias que provocaría la asunción de grandes responsabilidades en el manejo ambiental de la más importante empresa de servicios públicos domiciliarios del país. Las alternativas eran pocas: o iniciar la aventura de conocer nuevos desarrollos del derecho, o renunciar al empleo para continuar, como independiente, el trabajo de abogado. Acepté el reto al recordar la bella enseñanza del famoso cuento del maestro Jesús del Corral, “Que pase el Aserrador”.  Y empecé otro camino, el mismo que permitió un tardío regreso a la academia, como alumno en la Universidad Externado de Colombia, en la Especialización en Derecho del Medio Ambiente, concebida como una respuesta a las necesidades de un país cuyo ordenamiento superior se estructura a partir de una concepción abiertamente ecologista. Por eso, un tributo y reconocimiento especial a su fundador, Óscar Amaya, y a quien siempre lo apoyó, con su permanente visión de futuro, el maestro Fernando Hinestrosa.

Fue un año de grandes expectativas y realizaciones, logradas al término de extenuantes jornadas académicas y prolongadas sesiones de trabajo, compartidas con un excelente plantel de profesores y el grupo de compañeros que, con idénticas expectativas, llevó a feliz término el programa. ¡A todos ellos los recuerdo con especial afecto!

Cumplida como se encontraba esta primera etapa y con el compromiso que implica la condición de externadista, fui vinculado como docente en el programa del cual recién había egresado, condición que conservo después de trascurridos 18 años y que me ha permitido compartir extensas y agradables conversaciones con los más importantes investigadores en derecho del medio ambiente en Iberoamérica, y la corresponsalía fluida con reconocidos tratadistas y estudiosos de esta disciplina jurídica, que han contribuido, con sus enseñanzas, a profundizar en asuntos de interés académico y apoyado nuestra gestión profesional.

La formación, acompañamiento, solidaridad y apoyo permanente brindado por el Departamento, exigen expresar una gratitud imperecedera, pues en momentos tan difíciles como los vividos con la enfermedad catastrófica que padecí y que me hizo someter a múltiples intervenciones quirúrgicas, así como las oportunidades de crecimiento brindadas, permitieron consolidar una concepción del mundo y del relacionamiento interpersonal acordes con los principios que orientan el cumplimiento de la misión que con tanto orgullo nos ha encomendado la Universidad; y que he podido cumplir, entre otras, gracias a aquella decisión que se adoptó y me fue informada, como lo dije, sin protocolo alguno, y que en su momento me produjo indignación. Un reconocimiento también a aquel jefe que tomó tan “arbitraria” decisión que para bien transformó mi vida, y a María del Pilar García, quien ha conducido los destinos de esta escuela, con la dedicación y compromiso que la comunidad académica espera y exige.

Después de tantas intervenciones quirúrgicas; acciones de inconstitucionalidad, derogatorias y reformas, nuestro Código de Recursos y yo continuamos vigentes, ¡aunque no tan “completos” como antes!

*Docente e investigador del Departamento de Derecho del Medio Ambiente